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Los Caprichos

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El botones trajo el Astra de Pepe hasta la puerta del hotel. Bajó a toda velocidad para abrir la destartalada puerta del pasajero para que subiera Luciana con su coleta castaña y sus ojos estridentes.

 

Deambulamos por unos minutos hasta que encontré un bar en el barrio de Salamanca que tenía la barra forrada en piel acolchada y un barman con corbata de moño. Me pedí un vino tinto y Luciana una Fanta de naranja. Hablamos del clima y la inseguridad en las grandes cuidades europeas. “¿Siempre vienes a lugares de señores?” Me interrumpió mientras me iba por las ramas con mi “profesión” provisional de traductor.

 

Consideré aquella pregunta como un salvoconducto para llevarla a mis habituales bares de mala muerte. En el Talismán estaban como casi siempre Pepe y Julen enganchados a la barra, mientras que Sofía se paseaba con prisa de lado a lado detrás de la misma, como si el bar estuviese llenísimo. Abrí la puerta ayudado por una ráfaga helada de viento que se coló en la atmósfera establemente humeada del bar, detrás de la cual entró Luciana con la cara encendida por el frío.

 

Pepe, Julen, y sobre todo Sofía arquearon las cejas en plan capricho goyesco, ella con la pregunta de ¿En dónde dejaste a Ana? y ellos con la de ¿de dónde sacaste a esto?.

 

Las respuestas eran sencillas: a) en su casa y b) del Santo Mauro, pero como Luciana tenía una vejiga enorme y no parecía con intención de ir al baño jamás, no tuve que contestar a sus cejas arqueadas hasta que el tema se obvió por la corriente de la conversación sobre lo helado que estaba siendo aquel Febrero.

 

- Me encantan las cosas del clima, cuando vaya a la universidad quiero estudiar algo de eso- Se adelantó Luciana, que después de un gin ya se había integrado a la conversación.

 

- ¿Cuando vayas a la universidad? ¿Pues qué esperas? - preguntó Sofía con un pelín de mala leche solidaria con su amiga Ana.

 

- Me faltan un poco más de dos años.

 

- ¿Pues cuántos años tienes? preguntó Pepe.

 

- En dos meses cumplo dieciséis.

 

Tres miradas goyescas viraron hacia mi mejor cara de todo-esta-bajo-control. Si en el talismán se hubieran tocado vinilos en lugar de CD’s en aquel momento el que sonaba de Gotan Project se hubiera rayado de tajo.

Luciana le pidió a Sofía otro gintonic. “Que sean dos” le seguí.

Sin Abuela

“… mi mujer va a pasar un par de días por Madrid, va con mi suegra y una sobrina. Les dí tu teléfono por si se les ofrecía algo. A ver si te las llevas a cenar o algo así. ” Así terminaba un email del mi ex-jefe, que claramente no estaba al tanto de que mi situación salarial no era tan holgada como cuando trabajaba para él, hacía ya mas de dos años.

Así es que cuando su señora me llamó -muy animada por tener una jornada de shopping en la milla de oro entre Claudio Coello y Serrano por delante- no me quedó mas que pedirle a Pepe que me dejara su coche y euros suficientes para pagar una cena para cuatro en algún restaurante de dos tenedores al menos. Lo peor es que la buena acción del día seguramente no me redituaría en ningún favor futuro ni concesión alguna, simplemente sería una buena acción.

Me apersoné en el lobby del Hotel Santo Mauro a las 9.30 según lo acordado. Predeciblemente, ni la mujer de mi ex-jefe ni su séquito estaban ahí como lo habían acordado, por lo que me anuncié en recepción y me senté en una salita modernilla a leer el Telva para ir imaginándome las conversaciones que suponía que iba a tener.

Me leí Melena al viento, Un spa de lujo en tu bañera y antes de llegar a los horóscopos me interrumpió un toquecito en el hombro. El toquecito lo había proferido una mujer alta, con el el pelo recogido, un par de ojos color verde estridente y cara de flojera.

- “Mi tía y mi abuela están out, es que hemos estado todo el día camine y camine entre tanta tienda. Dicen que mil disculpas y que a ver si mañana sí nos llevas a cenar”

Yo intetaba digerir todo esto desde mi asiento mientras ella no dejaba de hablar con un acento que yo no acababa de adivinar: “Yo ya cené un sandwich y sí te acepto a que me lleves a conocer algunos bares madrileños, me llamo Luciana, soy la sobrina de Fernando, tu ex-Jefe.

La Autopsia

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Todo terminó gracias a una autopsia. Un problema que tienen los cursos de medicina forense es que para que los estudiantes puedan asistir a una autopsia real deben esperar a que alguien se cargue a alguien para enonces convocar de urgencia a todo el alumnado. Y allá por el 2003, en Madrid había que esperar algunos días para que se diera el caso.

En la habitación, que seguía sin puerta, la bestia y yo dormitábamos como cualquier sábado a media mañana, hasta que llamó Sofía. Ana se levantó y comenzó a verstirse con toda prisa con sus habituales jeans y esos calentadores de colores que yo no comprendía. Habían convocado a los de su curso a ver como diseccionaban un cadaver recién ingresado.

La medio resaca que tenía me sirvió para esquivar las tentativas de invitación a la autopsia que Ana dejó caer. Quería compartir conmigo esa emoción que le causaba todo lo que oliera a muerto. Entonces llamó otra compañera del máster para confirmar su asistencia. “¿Puedo llevar a mi novio?” le preguntó Ana. Yo sentí que la cama me engullía. Me ví ahí, rodeado de toda esa cotidianeidad de calentadores de rayas y cadáveres frescos, y estuve a punto de saltar por la ventana.

“Si quieres quedarte a comer, Belén va a traer pollo y lechuga, yo no creo que esto vaya a terminar antes de la noche”. Y me lo dijo así, con toda la tranquilidad, antes de cerrar la única puerta que había en la casa.

Foto: Worak

Fuera de mi vista

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Catorce días después, todo se fué al carajo. Aquel incidente marciano sirvió de catalizador de varías cosas, pero sobre todo de unos celos metalúrgicos que Ana desarrolló a partir de entonces .

Lo demás no creo que haga falta contarlo, por lo menos en lo que a mi punto de vista se refiere. Lo que pasó o no, es lo de menos. Lo de Ana era justificable, lo mío era tópico o típico (elija usted su lado del charco), y en todo caso la miga esta del lado de Belén, quien más tendría que contar y quién sabría como hacerlo. Solo puedo decir que todo lo detonó una autopsia.

Antes de abandonar el piso, eso sí, tuve a bien robarme esta foto, que era en realidad una prueba de un ensayo que hizo Belén con Ana como modelo. Ana dentro de la tina, arqueada sobre si misma, captada en plano picado por la cámara de Belén. Lo que cuenta al final es el punto de vista.

Catorce días después salí por última vez de aquel piso sin puertas, y me fuí directo al bar El Sadar a tomarme un gintonic a la salud de A y de B.

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*El incidente marciano sirvió también para que después de algunas coicidencias me terminara con Anke, vieja conocida de todos ustedes, de quien me he enterado que es lectora de este blog y amenaza con contar su propia historia.

Foto: I2Eye

Nocilla Experience

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La dádiva del Becario de NoTodo puso a juego cinco ejemplares de Nocilla Experience de Agustín Fernandez Mallo para quien escribiera los mejores cinco microrrelatos a partir de una línea del propio libro. Y yo, como suelo, me apunté con esto:

Hay personas que se pierden en lugares que a nadie importan. Lo importante en esos casos es llevar un mapa en blanco y un móvil sin pilas para evitar sobre todo, las ganas de llamar a un número de información para salir de ahí.

Y gracias a la comprensión y al criterio de la oficina de correos del Palacio de Comunicaciones, que entendieron esto de mi corriente pseudónimo, hoy tengo en mis manos un ejemplar del libro.***
A leer.

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* Este es el primer “premio literario” que me embuchaco.

**Pueden felicitarme.

***Gracias.